QUEREMOS UN REY

Por: Andrés Carrera

Hay un viejo adagio que dice que quien ignora la historia está condenada a repetirla y para nadie es más oportuna esta frase que para la iglesia de Cristo, ya que hemos visto no funcionar una fórmula y sin embargo, siglos después queremos experimentar con ella de nuevo.

La primera vez que sucedió esto, fue antes de la venida de Jesús. El pueblo judío vivía una teocracia, es decir eran gobernados por Dios mismo y sus leyes. Sin embargo todas las naciones vecinas tenían rey, y empezaron a presionar para que se les diera uno, desechando la forma de gobierno que Jehová había dado.

Los resultados fueron catastróficos y quedó claro que Dios no quería darle a su pueblo un gobierno con posiciones jerárquicas, sino más bien, funciones distintas con todos debajo de Él.

Después de varios siglos llega Jesucristo y nos enseña que es el amor los unos por los otros lo que nos debe distinguir, tanto que llegó a decir que debemos amar a los demás como Él nos amó y que no podemos estar bien con Dios sino estamos bien con nuestro hermano.

Cuando Él se va dejando instaurada su iglesia, los creyentes entienden que no hay elegidos, ni siquiera el pueblo judío y empiezan el camino difícil de unir las dos grandes divisiones que existían: judíos y gentiles.

Lo hacen arrancando en pequeñas comunidades donde se reunían a tener comunión unos con otros, sin que hubiera jefes ni representantes oficiales de una iglesia universal, como si tenían los judíos en su Sumo Sacerdote.

Llega a escena el apóstol Pablo y empieza a hacer las redes complejas, donde un “misionero” llegaba a una comunidad, empezaba a reclutar gente, les enseñaba lo que Cristo dijo y quien dijo ser y después de un tiempo los dejaba con un encargado que coordinara las actividades de esa comunidad cristiana que estaba llamada a ser una familia de familias.

La autoridad la tenía alguien, pero siempre era organizativa no punitiva y no por eso era merecedor de pleitesía o de obediencia obsecuente. Era una labor más dentro la comunidad de iguales.

Es tanto el éxito que empiezan a tener con este sistema que se convierte en el ente avergonzante para los gobiernos, ya que, sin emperador, ni jerarquías cumplían sus objetivos y tenían ciudadanos modelos tanto que ayudaban hasta a los que no conocían. Ni la persecución más violenta pudo con esta organización que se llamó Iglesia.

Transcurren como 300 años y al emperador Constantino se le aparece la “virgen María” y le da la victoria en una batalla, con lo que se declara al cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. Lo que parecía una bendición se convierte con los años en un problema serio porque el obispo de Roma se declara líder mundial de la iglesia, ya que según él, Pedro había muerto ahí y a él lo habían nombrado sucesor de Jesús.

Volvimos al reinado. Ahora había una sola voz para decirnos lo que Dios quería o no quería de nosotros. Ahora se podía usar la fuerza para derrotar y matar a aquellos que no creyeran en Cristo. Ahora se podía torturar a aquellos que no estuvieran de acuerdo con el reinado de esta persona en Roma. Ahora se podía quemar a personas por brujas. Todo en el nombre de Aquel que dijo que amaramos a todas las personas.

Pequeñas células quedaron en los pueblos del norte de Europa que seguían en pequeñas comunidades, modelando lo que Pablo había enseñado de ser una familia de familias.

Con los tiempos algunas de estas pequeñas comunidades tuvieron que exiliarse en lo que ahora es Estados Unidos, víctimas de persecución de los líderes jerárquicos de religiones que decían ser los legítimos herederos de las enseñanzas de Jesús.

Con el tiempo en este país, se empezó a ver como esta organización de pequeñas comunidades empezó a dar resultado y la iglesia (no sin abusos graves y errores) en muchos lugares se convirtió en una organización sin jerarca ni local, mucho menos mundial.

Hoy algunos creyentes envidian la jerarquía de la iglesia de Roma, les atrae que tenga una sola voz mundial, posiciones políticas, y que lo que dice el jerarca tenga que ser acatados por todos los fieles, ya que según ellos eso nos da una voz clara y previene los abusos doctrinales de algunos, olvidándonos que esa no es la forma de gobierno que Jesús y Pablo enseñaron y que dio resultado en medio de la más inhumana persecución.

Solo necesitamos un rey, a Jesús, y debemos organizarnos en pequeñas comunidades donde nos ayudemos los unos a los otros, nos conozcamos, aprendamos a vivir con los defectos del otro, y donde todos tengamos como única razón de vida el amor a Cristo y a los demás. Donde la jerarquía no exista, sino diferentes funciones. Donde el encargado sepa que está para dirigir y coordinar, no para ser el jefe a quien se le debe devoción y absoluta obediencia.

No entiendo la necesidad que tenemos de ser dirigidos por un hombre y darle poder absoluto. Entiendo que gente quiera ese puesto, ya que el afán por el poder siempre será un motivador muy fuerte.

Esta es una razón más para estar en contra del movimiento de apóstoles y profetas que pretenden que el título de apóstol los convierte en un auténtico pastor de pastores, con el cuento de ser el padre espiritual al que se le debe todo, queriendo llegar a líderes territoriales y quién sabe si mundiales en un momento dado.

No y mil veces no. El Señor dejó una forma de gobierno que ataque los dos problemas más grandes del hombre: el egoísmo y la ambición por el poder. Si queremos un líder mundial volveremos a darle cabida a estos dos grandes enemigos.

Seamos muchas familias de familias y volveremos a ver el éxito que la Iglesia tuvo en sus primeros 300 años.

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