LA “DERECHA EVANGÉLICA”

Hola a todos,

La próxima semana continuaremos con el tema que empezamos la semana pasada, pero por hoy, leamos este artículo del Pastor Juan Stam sobre la realidad de lo que significa ser evangélico y como se emplea mal cuando la usan para posiciones políticas.

Aquí el artículo, Dios los bendiga,

Andrés

LA “DERECHA EVANGÉLICA”

Por: Juan Stam

En el discurso político de nuestro tiempo, “evangélico” y “derechista” se tratan como sinónimos intercambiables. En este contexto semántico, ser evangélico significa apoyar al gobierno golpista de Honduras y la oposición derechista de Venezuela y Brasil. En los Estados Unidos, significa pertenecer al Partido Republicano, a lo mejor en sus sectores más reaccionarios. Encontrar un “evangélico demócrata” es más difícil que encontrar una aguja en un pajar.

En esta situación, el término “evangélico” no tiene absolutamente nada que ver con su raíz: el evangelio, las buenas nuevas del reino de Dios.  De hecho, en su uso actual es un membrete que carece totalmente de significado teológico. Donald Trump puede jactarse, “I’m evangelical, and proud of it” (“Soy evangélico, con mucho orgullo”), sin la menor sospecha del significado del término. Alzó una Biblia y la declaró el libro más grande de todos los siglos, pero no pudo citar ningún versículo favorito, ni aun Juan 3:16. (Recientemente expresó que “ojo por ojo” le parece un texto muy apropiado para nuestro tiempo, sin darse cuenta que esta frase no justifica la venganza sino que la limita). Trump no acostumbra arrepentirse, dijo, porque no comete actos malos de qué arrepentirse. Así es el evangelicalismo de Donald Trump y muchos otros “evangélicos”.

De hecho, muy pocas de las personas e iglesias “evangélicas” lo son realmente. La gran mayoría son fundamentalistas, que es esencialmente lo contrario.  Veamos un poco de historia:

El título “evangélico” tiene una historia larga y muy honrosa. Algunas iglesias nacidas de la Reforma optaron por llamarse “Iglesia Evangélica”. En el siglo XIX los evangélicos estadounidenses luchaban por la emancipación de los esclavos y el sufragio de la mujer. Después de la guerra civil el movimiento perdió fuerza y comenzó la lucha de los fundamentalistas contra los liberales (modernistas). Éstos últimos, en su intento de acomodar el evangelio al pensamiento moderno, negaban la deidad de Cristo y su resurrección, la inspiración bíblica y otras doctrinas históricas. Los fundamentalistas en cambio santificaron las tradiciones doctrinales como verdades absolutas más allá de todo cuestionamiento. Insistieron en la creación literal del mundo, la inspiración verbal (y después la inerrancia) de la Biblia, la deidad, resurrección y retorno de Jesús (y después, el premilenialismo y el rapto pretribulacionista). Faltó una teología de la iglesia, del Espíritu Santo, de la historia y la sociedad, entre otros renglones. Esa reduccionista teología fundamentalista iba acompañada de un código moral igualmente reduccionista: no fumar, no tomar, no bailar, no ir al cine.

En los 1950s un grupo de teólogos y líderes, inspirados/as por los Reformadores del siglo XVI, decidieron romper con el fundamentalismo e iniciar un movimiento neo-evangélico que no sería ni liberal ni fundamentalista sino una nueva opción teológica. Intentaban ser menos dogmáticos, y más bien mucho más críticos, desde la ciencia exegética y la teología bíblica. Tomaban una actitud más abierta y objetiva, más honesta, hacia los demás teólogos/as y teologías (ver “Ética y Estética del discurso teológico” en Stam, Haciendo teología en América Latina, Tomo I, pp.23-46). Se abrieron también a toda la problemática ética, incluso un incipiente compromiso con los pobres y con la justicia.

En poco tiempo, como por arte de magia, al término se le pegó un adjetivo cuestionable para convertirse en “evangélico conservador”, entendido en la práctica como sinónimo de “Republicano”. Así fue que la dinamita del evangelio fue convertido en un sedante ideológico. Describir el evangelio como esencialmente “conservador” es malentenderlo seriamente.

Ya muy pocas iglesias y líderes aceptan llamarse “fundamentalistas” y todos se convirtieron en “evangélicos”, pero sólo de nombre. En su teología e ideología siguen siendo fundamentalistas.

Pronto en este proceso surgió una nueva opción llamada “evangélico radical” (“evangélico progresista”, “evangélico de izquierda”). Fiel a los fundadores del movimiento, se preocupa por mantener la teología bíblica y evangélica, pero encuentra en esas fuentes otras perspectivas éticas. Apela fuertemente a la teología del Reino de Dios, un tema central también para Rauschenbush, un famoso liberal del siglo XIX. Otras bases para su ética social eran el Año Sabático y el Año de Jubileo, los profetas hebreos y también la lectura política del Apocalipsis. Se abrieron también al feminismo y la teología de la liberación, cuando estos tenían fundamentos bíblicos. Entre los evangelios radicales de EUA figuran Ron Sider, autor de “Cristianos Ricos en un Mundo Pobre”, y Jim Wallis de la revista Sojourners. Entre latinoamericanos se destacan Orlando Costas, René Padilla y Samuel Escobar, entre otros.

¡Qué curioso: Los “derechistas evangélicos” no son evangélicos, y muchos evangélicos no son derechistas!

Estos datos sugieren una situación muy distinta, como sigue:

(1) derecha fundamentalista: Aunque la mayoría se llaman “evangélicos”, no han sido tocados por el despertar  neo-evangélico. Ideológicamente son reaccionarios.

(2) evangélicos conservadores: su fe ha sido renovado por el evangelio, pero siguen siendo conservadores aunque no reaccionarios. Qué Dios los bendiga.

(3) Izquierda evangélica: evangélicos radicales, comprometidos con la fe bíblica y la realidad contemporánea. Sienten un llamado profético a denunciar el pecado y la injusticia y anunciar el Reino de Dios.

(Habría que agregar izquierda liberal y derecha liberal, teológicamente hablando, pero eso es otro tema).

Filológicamente, el término “evangélico” es muy polisémico y su uso pocas veces corresponde a la realidad. Las más de las veces significa simplemente “protestante”, fundamentalista y reaccionario. Son raras las veces que conserva su rico significado teológico para nuestra fe.

¿Será posible rescatar a esta palabra tan bella?

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