LA DUDA

Por: Andrés Carrera

Acontecimientos como el terremoto en nuestro país (Ecuador), además de generar reacciones como la que escribimos la semana pasada, producen también serias dudas en Dios.

Preguntarse ¿si a Dios le importa? ¿si tiene el poder de hacer algo para evitar semejante desastre? ¿si nos está ajusticiando?, son preguntas que rondan las mentes de creyentes e incrédulos, produciendo o incrementando las dudas de muchas personas sobre la existencia de un ser divino.

El sentir dudas no es algo ajeno a aquellos que seguimos a Jesús, sino solo lea estas palabras de una de las personas que más entregó su vida por otros, siguiendo los mandatos de Jesús, la madre Teresa de Calcuta:

“¿Dónde está mi fe? No hay más que soledad y oscuridad, ¿para qué hago este trabajo? El silencio y el vacío son demasiado grandes, miro y no veo, escucho y no oigo. Siento un terrible silencio dentro de mí. Señor, mi Dios, ¿por qué me abandonas? Yo llamo, me aferro, quiero, pero nadie responde, nadie a quien agarrarme, sola.

¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo, no hay nada, excepto vacío y oscuridad. Dios mío, qué desgarrador es este dolor, no tengo fe. Existe tanta contradicción en mi alma, un anhelo de Dios tan profundo, un sufrimiento y un sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, sin fe, sin amor”.

Estas crisis de fe, no nos dan solamente cuando hay una catástrofe general, también nos encontramos con ellas cuando tenemos crisis personales ya sea por deudas, muerte, enfermedad, etc.

La Biblia nos habla de alguien que estuvo cercano al corazón de Dios que fue el rey David. Este hombre llegó a vencer cuanto enemigo tuvo por delante y a pesar de sus pecados, tuvo siempre muy claro el amor de Dios por él y hasta en sus peores momentos quiso mantener una relación cercana con Jehová.

Este hombre, experto en sentimientos humanos, nos dejó ver como no permitir que ellos nos controlen, nos dejó un Salmo, que siendo pequeño, nos deja ver con claridad como los sentimientos de duda nos alcanzan y como debemos trabajar con ellos. Esto es lo que dice el Salmo 13, verso a verso:

(1).- ¿Hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?

Cuánto tiempo más Dios, voy a tener esto que contamina mi vida, que me impide seguir, dime cuánto. Hasta cuando me vas a olvidar, hasta cuando me vas a dejar de lado. ¿Se ha sentido así alguna vez? ¿Decepcionado con Dios?

David va directo al asunto, yo no me he olvidado de ti, Tú te me estas escondiendo. No he hecho nada y parece que ya no quieres saber nada de mí. Parece que es imposible encontrarte, y es constante, por más que me esfuerzo Tú no estás.

(2).- ¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón? ¿Hasta cuándo el enemigo me seguirá dominando?

Mis pensamientos juegan conmigo, me dicen, Dios se fue, o no puede confiarse en Él, no puede ayudarte o ya no te quiere, y eso pesa una tonelada en mi corazón y nada pasa. Parece que estoy solo en esta lucha y mi enemigo está ganando.

La pregunta es entonces ¿cuál es su enemigo? Quizás es la misma duda, su pecado favorito, la soledad, la desesperanza, la depresión. Cualquiera que sea, todos sabemos lo que sentimos cuando ese enemigo tiene control y parece que nos ha vencido.

(3).- Señor y Dios mío, mírame y respóndeme; ilumina mis ojos. Así no caeré en el sueño de la muerte.

En este verso se vuelve encarador, y ya le dice a Dios mi Dios por primera vez en el Salmo. En el original es como el grito que le damos a nuestros hijos: Mírame a los ojos que te estoy hablando. Esa es la desesperación que David tiene y con la que habla.

Parece irreverente. ¡Te hablo y ni te viras, parece que le hablo a tu espalda! Es la desesperación hablando, y es un grito. ¡Ya no puedo más! ¡para Señor por favor!, ha llegado al límite de sus fuerzas, y siente que ya es de vida o muerte. Toda esperanza se ha ido y me siento como muerto.

(4).- Así no dirá mi enemigo: “Lo he vencido”; así mi adversario no se alegrará de mi caída.

Aquí le dice a Dios, que el nombre de Él también está en juego. Señor, esto me está haciendo quedar mal, pero la gente sabe que yo te sirvo, y también eres Tú el que está quedando mal parado, porque el enemigo siente que está venciendo a alguien que vive para Ti. La gente me va a mirar a mí y van a concluir que Dios no es de confianza.

Cuanta sinceridad en tan solo cuatro versículos.

(5).- Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación.

Radical transformación. Hasta aquí solo ve sombras, pero parece que su honestidad con Dios hace que la duda se vaya. No podemos dejar que nuestras preguntas y dudas sean una barrera, cuando deberían ser un puente a una más profunda relación con Él.

La confianza en Dios es suficiente para llevarnos a través de la crisis, esa que ponemos en su incomparable amor por nosotros, que lo llevó a dar a su Hijo en una cruz. La confianza en un Dios que nunca dio un cheque sin fondos, que nunca dio una promesa que no cumpla, y en medio de las más grandes dudas, mirar a la cruz me permite saber que Dios me ama aunque parezca que me ha olvidado.

(6).- Canto salmos al Señor. ¡El Señor ha sido bueno conmigo!

Y debido a esa seguridad que tengo puedo cantar sobre el amor de Dios, y saber que aunque no parezca Él es, y seguirá siendo bueno conmigo. Puedo confiar, porque hiciste lo que no merecía y lo que no hubiera osado pedir, ni siquiera soñado: que Cristo muera para que yo viva.

Cuando se encuentra en la posición de David recuerde que dudar no es pecado, estacionarse sí. Que decirle a Dios como se siente no es irrespetuoso, pero dejar de confiar en Él  y alejarnos es una condena de muerte. Que seguir confiando y alabando no es la mejor posibilidad que tenemos, es la única.

Él sabe lo que hace, ¿podremos confiar aunque nuestras circunstancias nos griten que no?

Si lo hacemos habremos entendido que dependo de Él y mi vida y paz está por encima de las circunstancias que vivo.

Eso es lo que ser cristiano significa.

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