LOS TRES PUENTES

Hola a todos,

Aquí está la segunda parte del artículo publicado por Ravi Zacharias

Dios los bendiga,

Andrés

LOS TRES PUENTES

Esto, entonces, me lleva, como un seguidor de Jesucristo, a los tres puentes más importantes entre todos nosotros, independientemente de nuestras opiniones sobre este tema. La comunidad homosexual clama con derecho por obtener identidad e intimidad. Estos son, después de todo, los anhelos de la mente y el corazón de todo ser humano, sin que importe nuestra posición en este tema.

Aquí es donde entra el evangelio como el único camino para acercarnos.

De hecho, el primer puente del evangelio es que mi identidad se encuentra en Jesucristo, y por lo tanto, es debido a Él que tengo que domar mis pasiones.

Mi identidad decide mi comportamiento.

Antes de que yo entregara mi vida a Jesucristo, en mi cultura mi identidad era dictada por la posición social de mi familia: quién era mi padre, qué tan buen alumno era yo, la cantidad de dinero a la que yo tenía acceso. Todos estos detalles estaban y están sistémicamente entretejidos en la tela de mi cultura. No tuve elección. Así es como yo era evaluado. Echa un vistazo a la sección matrimonial de algún periódico de la India. El color de la piel, la casta, la educación, la riqueza, la belleza son repetidamente mencionados cuando los padres buscan lo que ellos consideran que serán las mejores parejas para sus hijos. Es tan claramente discriminatorio. Cuando mi hermana se casó con un hindú conversó de Jesucristo, el reto para sus padres fue enorme. Pero, sorprendentemente, su comprensión de lo que Jesucristo había hecho por su hijo cambió todo. Este es el único puente que conozco que puede cambiar el corazón humano.

Es debido a esta relación que podemos cambiar nuestro comportamiento de depender de lo que nos atrae hacia tomar responsabilidad sobre nuestras acciones. Esta conexión es crucial. Si yo sé lo que es ser un hombre, entonces sé cómo funciona la atracción sexual. Con el tiempo aprendes que ceder [a la tentación] simplemente no produce felicidad duradera o  propósito. Es sólo cuando se mantiene al cuerpo como templo que lo sagrado es defendido y la gracia de Dios nos trae convicción y autocontrol. La Biblia dice que no debemos colocar nuestras ofrendas en cada altar. Un psicólogo describe a la indulgencia como “relaciones fugaces de corto plazo con amargas decepciones de largo plazo.” Esto es verdad en todos los comportamientos y en toda expresión sexual que entra en conflicto con el designio de Dios. Él ha construido esta ley en el tejido humano. En el fondo lo sabemos. Las seducciones temporales son en última instancia insatisfactorias porque carecen de vinculación y compromiso espirituales. Es lo eterno lo que debe guiar lo temporal.

El segundo puente que el evangelio trae es la intimidad.

Todos anhelamos ser tocados. Esto seguirá siendo verdad incluso cuando seamos ancianos. He hablado con personas que trabajan en residencias para el cuidado de ancianos, y me han comentado sobre lo mucho que ellos extrañan el contacto físico y el abrazo. Así estamos hechos. Trasladando ese concepto a la sexualidad, la consumación sexual es el acto de intimidad que lo abarca todo [del ser humano]. Siendo así, absolutamente incluyente, exige exclusividad, ya que de lo contrario se volvería profano y común. La experiencia nos dice esto repetidamente. Son inexistentes las culturas que desacralizan totalmente la sexualidad. Incluso los polígamos mantienen un límite en la cantidad. Incluso quienes andan desnudos tienen límites. Hay leyes que gobiernan contra actos de codicia.

La descripción bíblica del matrimonio es de un hombre y una mujer en compromiso sagrado. Tan profunda es esta unión que la relación de Dios con la Iglesia incluye esta comparación. Dios es el novio; la Iglesia es la novia.

¿Es esto tan abstracto que no tiene aplicación en nuestra realidad, en nuestro anhelo individual de intimidad? De ninguna manera. Según el evangelio, Dios nos ofrece su presencia para que habite en nuestro interior, donde el espíritu toca el espíritu, produciendo la intimidad más profunda y más real. Estoy plenamente consciente de que esto le parece absurdo a quien nunca ha experimentado la intimidad con Dios. Pero es aquí donde creo que nosotros como cristianos necesitamos despertar a la desagradable realidad de que no hemos enseñado y proclamado la Palabra de Dios con fidelidad, ni demostrado verdadera santidad.

¿Cómo puede ser mi mente transformada de manera que intelectualmente pueda entender perspectivas y contra-perspectivas? ¿Cómo puedo abrazar la verdad de Dios de tal manera que transforme mi corazón y mis inclinaciones, o que al menos me dé la habilidad de controlar mis inclinaciones? Tengo un colega que confesó tener atracciones homosexuales. También dijo que un día pensó largamente acerca del mensaje cristiano y, finalmente, y de todo corazón, se entregó al señorío de Jesucristo. En sus palabras, “sentí una presencia que me controló desde la parte superior de mi cabeza hasta las plantas de mis pies… He probado un destello del cielo; ¿por qué me inclinaría hacia lo que está debajo?” ¿Tiene él días de lucha? ¿Hay una certeza de sus nuevos afectos en Cristo?” Sí”, dice a ambas preguntas. Tengo un gran respeto por él y su sacrificio.

Para el cristiano, la pregunta es la siguiente: ¿Cómo puedo caminar con Dios de tal manera que TODOS mis afectos, o cualquier otra lucha, sean puestos bajo el señorío de Jesús, ya sean mis inclinaciones hacia mismo sexo o el sexo opuesto? ¿Cómo puedo amar a aquellos con los que estoy en desacuerdo en estos asuntos serios?

Los puentes siempre serán la identidad y la intimidad ofrecidas en el compromiso de corazón al Salvador, primero vividos y luego, con amor enseñados. También para el cristiano, debemos recordar que no debemos considerar que este mundo sea el orden eterno. Nuestras ciudades terrenales no son lo que solo la eternidad traerá. Las dos obras maestras más memorables de Agustín de Hipona son sus  Confesiones y su  Ciudad de Dios. Mientras agonizaba en su ciudad natal [en África del Norte], los bárbaros ya estaban escalando las murallas de Roma. A pesar de que muchas iglesias estaban siendo destruidas, las principales que había plantado resistieron a la carnicería. Increíblemente, aunque su cuerpo estaba en sus últimos días, la gente seguía viniendo a él para que pudiera orar por ellos. Esa es una imagen gloriosa. Su cuerpo estaba llegando a su fin, pero no su alma. Él había confesado su necesidad de su Salvador, y estaba esperando ir a una ciudad cuyo constructor fue Dios. Todas las ciudades terrenales en algún momento se desmoronan, al igual que nuestros cuerpos mortales. Nuestro eterno lugar de residencia es en la presencia de Dios, ya no en una contracultura, sino en un lugar preparado para nosotros. La vida de Agustín encarnó todas esas verdades.

El tercer y último puente del evangelio es la comunidad:

El amor de Dios obrando a través de nosotros como una Iglesia donde la adoración reúne todas nuestras inclinaciones para ser entregadas al sagrado llamado de Dios para todos nosotros. Esto es desarrollado en el amor y la gracia. Nuestra adoración tendrá que tener integridad teológica, no sólo en la forma sino también en al fondo; adoración que no es sólo momentos de euforia, sino que es una parte esencial de la vida misma, y sermones que no son solo escuchados sino también vistos. El comenzar y mantener relaciones de amistad con personas de fuera de la iglesia para comunicarles el amor de Dios será entonces algo real de persona a persona, y no solo palabras. La Iglesia no debe ser una fortaleza custodiada por policías, sino un hogar donde el Padre está siempre esperando el regreso de cada uno de nosotros.

Para los que siguen a Jesucristo, nuestro mensaje al mundo debe ser claro.

Dios transforma el corazón y la mente, y nos convertimos en sus hijos y sus embajadores. Vivamos de tal manera que nunca seamos acusados de odio o indiferencia. Pero también estemos conscientes de que el ser acomodaticios con la verdad es un grave error que termina en la celebración de lo que no está en la voluntad de nuestro Padre. Esto es una tensión dolorosa para un creyente: el rechazar una creencia o un comportamiento no es lo mismo que rechazar a la persona. Pero Dios nos ayuda a llevar esa carga.

En contraste, cuando la Verdad es vivida en el amor y la gracia, siempre hará que la fe sea atractiva, y aun quien se opone a nosotros reconocerá la simetría de una convicción sobre lo sagrado que nadará contra la corriente, y un compromiso hacia la persona que encontrará un puente de esperanza. Tenemos que vivir el evangelio de tal manera que produzca que hombres y mujeres invoquen el nombre de Dios, y hagan de sus cuerpos temporales el hogar de Dios hasta que lleguemos a nuestra Ciudad Eterna, comprada con el precioso sacrificio de Jesucristo. Su cuerpo fue quebrantado por nosotros para que nuestros cuerpos puedan ser reparados para ser puestos a Su servicio.

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