EL ABUSO SEXUAL: UN ACERCAMIENTO SIN TAPUJOS

Por: Andrés Carrera

Una de las cosas más duras que uno encuentra al dedicarse a la consejería, es cuando hablamos con una víctima de abuso sexual en su niñez. Ya sea que fueron juegos con familiares cercanos pocos años mayores, o por parte del padre, padrastro o quien tiene bajo su cuidado a ese niño, el efecto traumático de esa experiencia puede durar toda la vida.

Lastimosamente poca ayuda tienen estas personas dentro de la comunidad cristiana, debido al desconocimiento absoluto que tenemos de lo que significa esta problemática. Pero, aun peor que eso, es la poca comprensión que hay sobre lo que lleva a una persona a convertirse en un abusador y si hay como ayudar a dejar de serlo. Nos conformamos con desecharlo y lanzarlo en prisión o al olvido completo sin posibilidad de remisión.

Quiero ser muy claro por lo delicado del tema: No hay excusa para destrozarle la vida a una criatura inocente. No hay justificación y podríamos calificar a este ser humano como un monstruo, estaríamos justificados a pensar así, pero hoy, quiero examinar con ustedes las razones por las que una persona puede llegar a eso y que analicemos si como sociedad podríamos hacer algo para minimizar esta lacra social.

En las últimas semanas he tratado con tres personas que tienen este problema en distintas etapas: uno siente el deseo de abusar de uno de sus hijos pero no lo ha hecho todavía, y los otros dos han hecho algo ya, y la diferencia entre ellos dos es que uno se considera un creyente que no puede controlarse.

Lo que he encontrado, es que los textos que tratan el tema tienen toda la razón sobre las causas que llevan a esto, que como sociedad no estamos tomando correctivos y condenamos a estas personas sin mirar como hemos colaborado, con nuestro silencio, a esta problemática.

Cuando usted encuentra a personas que llegan a este comportamiento enfermizo, halla una de dos:

  1. El fue abusado en su niñez, nadie lo ayudó, y de alguna manera, piensa que eso está bien, se identifica con su abusador porque lo quería o encuentra alivio sexual al hacerlo.
  2. Es un adicto al sexo y en su búsqueda de satisfacción sexual llega a esta depravación.

Para la segunda necesitamos entender cómo se llega a esto y comprender cuáles son sus etapas.

La adicción sexual (que normalmente ataca a varones más que a mujeres) es diferente a cualquier otra. Al contrario de las demás no es consumir más y más lo que necesito sino variedad, y para explicarlo mejor haré una analogía con estaciones de un tren.

El tren de la adicción sexual arranca de la estación de ver mujeres semidesnudas a una edad temprana. Le fascina ver mujeres en bikini en revistas femeninas o en el internet y empiezo a satisfacerme a través de la masturbación.

Luego de un tiempo ya necesita mas y entra en la estación de figuras humanas desnudas. Al principio es suficiente verlas así, pero con el tiempo necesito verlas en poses más y más sugestivas. La masturbación aquí se convierte en algo que empieza a ser parte de mi vida y en la cual pienso constantemente, comenzando a ver a la mujer como algo que me causa satisfacción sexual.

Después de un tiempo voy a la estación de ver actos sexuales en vídeos, primero solo viendo caras o senos para terminar viendo actos donde los genitales se ven con claridad, continuando con actos de lesbianismo, sexo fuerte, y finalmente actos homosexuales entre hombres.

Después de haber dañado su mente por años, la persona va a desarrollar sus fantasías, y comienza con actos como ser swinger, que es ir a un sitio donde tú y tu pareja van a tener relaciones sexuales con otra persona, o a través del skype, yo tengo relaciones con mi esposa mientras ustedes nos ven y luego los otros. Esto sin contar orgías, prostitución y cualquier otra aberración que usted pueda imaginar y que tal vez ni halla oído, y que yo hubiera preferido nunca saber de ellas.

Entonces, buscando la satisfacción que ya no alcanzo con relaciones “convencionales” empiezo a buscar en el fetichismo, masoquismo, homosexualismo y otros hasta que llego a la estación final: la pedofilia.

Es mi esperanza, que mientras he descrito estas estaciones usted se halla dado cuenta que como sociedad hemos permitido las primeras estaciones como algo “normal”, que cuando llegan a la última los condenamos como monstruos, sin reconocer que debemos parar de permitir que a nuestro prójimo le dañen la mente sistemáticamente, hasta que llegan al abuso de menores.

Nosotros no alzamos la voz contra la pornografía y la aceptamos como que no tuviera consecuencias (puede mirar los artículos en este blog al respecto), incluso como algo que algunas parejas pueden usar para mejorar sus relaciones íntimas, sin darnos cuenta del terrible daño que estas imágenes me están haciendo.

Como sociedad y como creyentes no estamos viendo la epidemia de la que estamos siendo testigos y lo que hacemos es hundir la cabeza como el avestruz. Tenemos que hablar de esto, buscar la forma de proteger a los nuestros, y si podemos, levantarnos contra este enemigo de nuestra sociedad.

Sí mis queridos lectores, el abusador de menores ha llegado a ser casi un no humano, pero no llego allá por casualidad. Para sanarlo no es suficiente orar y sacarle el “demonio” de la lascivia (hablaremos de eso el próximo artículo), tenemos que proveerle con herramientas para transformar su mente, pero también tenemos que advertir a nuestros hermanos en la fe y a los que nos quieran oír, del peligro que hay cuando entramos en prácticas aparentemente inofensivas que dañan nuestra mente hasta hacernos no humanos.

Que nuestro Señor nos de luz para combatir esta lacra desde su inicio y nos lleve a dejar la comodidad y tomar la lucha que nos corresponde y de la cual no debemos tratar de escapar.

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