LAS DOS ETAPAS DEL CRECIMIENTO CRISTIANO

Por: Andrés Carrera

“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño”. (I Cor.13:11).

No hay la menor duda, que lo que Dios quiere es que cada día nos convirtamos en más como Cristo y menos como nosotros, en lo que se ha dado en llamar “el proceso de madurez espiritual”. 

El propósito de este artículo es mostrarle las características de las dos etapas, con la intención de que usted vea donde está y como seguir el proceso.

1. LA NIÑEZ ESPIRITUAL.- Cuando nosotros recibimos al Señor, se da esta etapa natural de no conocer casi nada de como relacionarnos con Él, y andamos como en una nube de felicidad, y parece que todas nuestras oraciones se contestan de inmediato, y nada nos puede quitar la sonrisa de la boca. Esta es una condición natural del nuevo nacimiento. El problema es que hay dos equivocaciones graves que cometemos, que provocan que mantengamos esta condición más de lo que se debe, y lastimosamente en algunos logra una niñez espiritual permanente y son:

A. EL LEGALISMO.- Tendemos a pensar en los legalistas como cristianos maduros y disciplinados, pero en realidad lo que provee esta posición es una manera conveniente de transmitir superioridad.

Visto de lejos el legalismo parece inofensivo y hasta cómico en las diferentes religiones. Ejemplos como los Amish no conduciendo carros, o los menonitas conduciendo carros siempre y cuando no tengan pintura de cromo. O los judíos no apretando un botón de ascensor en sábado, o los musulmanes que se casan con prostitutas por un día y se divorcian al otro para no caer en fornicación, nos causan hilaridad, cuando en realidad, si las vemos de cerca, tienden a sembrar discordia y a deteriorar la gracia de Dios.

Jesús y Pablo no se anduvieron con rodeos contra los legalistas hipócritas como el de la iglesia sudafricana que no permitía usar jeans pero estaba a favor del apartheid. Los términos de ambos no pueden ser más duros (Mt.23; Fil.3:2; 1 Tim.4:2).

Pablo mantenía un estricto código de conducta, pero entendía el peligro del legalismo. El peligro de sustituir un evangelio de gracia y perdón por uno de reglas, que lo que logrará es reducir el mensaje, ya que, amar a tu prójimo, cuidar a los pobres, perdonar a los enemigos, no son reglas sino una forma de vida.

Lo único que el legalismo logra es calmar mi conciencia sin que realmente busque una relación transformadora con Jesús.

B. EL EVANGELIO DE SALUD Y RIQUEZA.- Las iglesias que ofrecen una vida bendecida y libre de problemas se llenan con facilidad. El problema es que cuando no funciona la gente se aleja decepcionada, y probablemente permanentemente amargada.

Esta posición anti-bíblica no solo produce este alejamiento, sino que hace que el creyente no madure nunca, tal como el adolescente que espera que al abrir la boca sus padres le den todo lo que desea. Esta expedición comienza de forma emocionante, hasta que se instala la normalidad y finalmente la decepción.

No entendemos que la mayoría de los cristianos primitivos no prosperaban, que los creyentes se enferman tanto como los no creyentes y que se mueren en la misma proporción: el 100%.

Estas dos posiciones estancan a la gente en la etapa de la niñez espiritual. Una vida libre de problemas tiene su atractivo, y un conjunto de reglas ofrece seguridad, pero ambas como un veneno dulce, contienen graves problemas.

2. LA ADULTEZ ESPIRITUAL.- Esta etapa no significa que abandonas todas las reglas y vives como quieres. Significa que buscamos el equilibrio entre el llamado a la santidad y la condena a la inmoralidad, sin recurrir a un conjunto de reglas, sino a la relación madura que queremos tener con nuestro Dios y Señor.

Ser adulto no significa que vivimos irresponsablemente. Todo lo contrario: significa que vivimos responsablemente, plenamente conscientes de nuestra libertad pero también de que no vivimos para nosotros mismos. Entendemos que vivimos para agradar a Dios, quien nos dio esa libertad, y ese agradar a Dios se sintetiza en amarlo a Él y amar al prójimo como a uno mismo.

El amor nunca es fácil y se va logrando a medida que permitimos que Dios llene nuestras vidas con el Espíritu Santo.

Jesús no vino y murió para que podamos vivir vidas consentidas y felices y para que le mostremos nuestra satisfacción al mundo. Vino para que nosotros sigamos sus pasos, lo que hace que a medida que más maduramos más tenemos que morir a nosotros mismos.

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