CUANDO LA FE NO ALCANZA PARA OBEDECER

Por: Andrés Carrera

Los creyentes somos seres especiales. Podemos creer que Jesús debido a mi fe me ha salvado para la eternidad, pero nos cuesta bajar esa fe al día a día. De alguna manera, creemos que Dios es suficientemente poderoso para llevarme con Él, y merecedor de que le entregue mi vida, pero no mi obediencia diaria.

No importa lo que leamos en la Biblia, o lo que veamos pasar en la vida nuestra o de otros, no estamos seguros de que Él siempre quiera lo mejor para nosotros, y que si me “entrego demasiado a Él” me va a pedir algo que me hará infeliz o que será muy riesgoso o demandará cambios en mi vida que no estoy dispuesto a hacer.

Esto es precisamente lo que les pasó a los discípulos.

Jesús está tratando de alejarse de las multitudes que lo seguían y le llevaban enfermos para que los sanase, y cruza el mar de Galilea para evitarlos. Sin embargo, su intento no prosperó y cuando se baja de la barca encontró una multitud esperándolo. Lo que sigue en el relato es el milagro de los panes y los peces donde alimentó a 5.000 hombres con 5 panes y dos peces. (Mt. 14:13 al 21).

Luego de eso, Jesús envía a sus discípulos en la barca mientras Él se queda despidiendo a la multitud, y posteriormente se dedica a momentos de oración a solas con su Padre (22 y 23).

Transcurren más de 10 horas desde la salida del bote, y los discípulos se encuentran batallando contra las fuertes olas y el viento. En ese momento ven venir a Jesús y piensan que es un fantasma (24 al 26). Lo que transcurre después es el centro de nuestra reflexión de hoy. (27 al 33).

Una vez que Jesús se identifica, hay un solo discípulo que decide dejar de batallar los elementos climáticos y enfocarse en Jesús, y que se da cuenta que éste es el mismo hombre que convirtió dos panes y cinco peces en comida suficiente para más de 5.000 personas. Esta persona fue Pedro.

Su confianza en Jesús es absoluta, cree que con una sola orden de Él, él puede caminar sobre agua, y al recibir el “ven” no duda en arrancar hacia Él, como el niño que está aprendiendo a caminar y que se dirige confiado hacia la voz de su mamá, pensando más en quien lo está recibiendo que en la dificultad de los pasos.

Hasta aquí hay que recordar algunas cosas:

  1. Pedro está haciendo algo que nunca había ni soñado hacer solo porque confía en Jesús.
  2. Mientras sus ojos se mantuvieron en Jesús, logró lo imposible, de hecho es el único otro ser humano fuera de Jesucristo que lo ha hecho.
  3. Solo se hundió cuando en lugar de ver a Cristo vio sus circunstancias.

Usted puede pensar que Pedro fracasó en su intento, pues a pesar de dar unos pasos no llegó a la meta, pero déjeme hacerle dos reflexiones importantes:

  1. No pase por alto a los 11 restantes, que esos si están fracasando. Lejos de confiar en Jesús, siguen en el bote. Probablemente continúan remando a pesar de sus manos ensangrentadas después de muchas horas de batalla. Ellos siguen confiando en sus fuerzas, y lo que es peor, en el bote, para salir de una situación angustiosa, cuando tienen al dueño de todo, muy cerca de ellos. La solución a su problema, según ellos, pasa por lo que pueden hacer, o lo que las cosas pueden hacer por ellos. Jamás se les ocurrió siendo hombres de mar, que habría alguna mejor solución que confiar en su propia pericia. Cuando menos Pedro entendió que junto a él estaba alguien que le ofrecía un poder distinto al de su experiencia en el agua.
  2. Es sorprendente como en cada experiencia de la vida con Jesús, donde falta nuestra fe sobreabunda la gracia, y como Cristo suplió la falta de fe de su discípulo con la mano presta a socorrer al que se quedó sin fuerza, o al que, como en este caso, dejó de mirar a Jesús para ver lo grande que pueden ser sus circunstancias.

Imagínese a usted en estas circunstancias: ha visto a Cristo hacer los milagros más increíbles, desde convertir el agua en vino, hasta alimentar personas con casi nada, y de pronto, Él lo invita a hacer algo sobrenatural a usted.

Algo tan grande, que usted sabe que si Él no interviene, el objetivo sería imposible y pregúntese ¿estaré yo dispuesto a aceptar ese desafío?, y si la respuesta es sí, nunca se olvide de mantener sus ojos en Jesús, ya que si mira el objetivo lo sobrecogerá el temor, pero si mira a Cristo y sus brazos abiertos esperándolo en la meta, aunque sea tambaleándose como el niño que está aprendiendo a caminar, llegará donde Él y oirá algún día esas palabras que todos ansiamos escuchar:

“Bien hecho siervo fiel, ven al gozo de tu Señor”

Una respuesta

  1. marco erazo proaño

    Cuando estamos pasando por un desierto, por un campo de espinos, o luchando contra un gigante, o un problema que Dios nos ha puesto por delante, pidamos la mano de Jesús para que nos saque de allí.

    julio 5, 2014 en 12:10 am

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