APRENDIENDO A ORAR

Si usted me conoce, sabe que una de las cosas con la que yo más he tenido que luchar en mi vida cristiana, ha sido la oración.

Y es que en esta práctica he pasado por todas las etapas y excusas mentales que seguramente usted también ha tenido: desde “nadie me está oyendo”, pasando por “no siento nada”, “que no sé cómo dirigirme a Él”, “¿cómo sé que le importa’”, “¿para qué oro si Él ya lo sabe?”, etc.

El otro día leyendo la Biblia, me encontré con una declaración en la que no había reparado lo suficiente, que está en Lucas 11:1 y son los discípulos de Jesús pidiéndole: Señor, enséñanos a orar.

Lo interesante no es el pedido, sino quien lo hace, ya que, estos jóvenes judíos han sido enseñados desde pequeños a orar a Jehová, con una devoción especial, como usted ve que hacen hasta el día de hoy los que profesan esa religión.

Las interrogantes que se presentan entonces son ¿Qué hacía Jesús en su oración que llamó tanto la atención de sus discípulos? ¿Será que lo estoy haciendo mal?

Cuando uno llega a Cristo, una de las primeras cosas que se nos enseña es que orar es hablar con Dios, por lo que damos por sentado que la dinámica es la misma que en una plática con una persona. Pero no se nos enfatiza suficientemente algunas consideraciones importantes.

Si vamos a Mateo capítulo 6, observaremos que hay ciertas reglas para que nuestra oración sea efectiva:

  1. No debemos hacerlo para que la gente nos vea y aplauda.- Este problema creo que es el que menos tenemos, ya que no encuentro a muchos creyentes orando solos en voz alta en las plazas y parques, excepto a aquellos que parecen “loquitos”. En el tiempo de Jesús, y en su cultura, esto era una práctica común. La primera condición entonces es: ora en secreto. (5 y 6)
  2. Dios no se sorprende, ni impresiona por lo lindo de nuestras palabras.- No podemos torcer el brazo de Dios. No es que yo puedo convencerlo, como hacen los adolescentes cuando desean un permiso. Él no está pensando: mira qué lindo lo dice, o como lo necesita, o cuanto insiste. No, la oración no tiene nada que ver con esto. No solo eso, Él ya sabe lo que necesita. Así que si el único objetivo de su oración es pedir (y creo que la mayoría es solo cuando necesita algo que lo hace) no tiene sentido, porque Él lo sabe de antemano. (7 y 8)
  3. Lo primero que debe tener en cuenta es a quien se está dirigiendo.- Es al Dios del universo, que mandó a Su Hijo a morir por usted. Es a aquella persona a quien le debemos nuestra vida y redención, a aquel que nos permite el privilegio de llamarlo Padre, es a quien “habita la altura y la santidad y cuyo nombre es El Santo”. (Isaías 57:15). Antes de nuestra próxima oración, que tal si empezamos por reflexionar a quien es que tenemos el privilegio de dirigirnos. (9). 
  4. Lo que deseo es entender dónde está Su voluntad para mí.- Y aquí tenemos que quedarnos un rato largo, porque éste es el centro mismo de la razón por la que oramos, y es para que mi ser entienda que yo estoy subordinado a Él y no lo contrario (10).  Recuerde un concepto vital: yo no oro para recordarle a Él de mí, oro para recordarme a mí que dependo de Él. Esta disciplina tiene que ver con no olvidarme que el rey es Él, que mi voluntad no es lo importante sino la de Él, y que lo único que me importa es estar en el centro de Su voluntad para mi vida, y no que Él haga mi voluntad.  Transcribo las palabras de Santiago: “Cuando piden no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones” (Stg. 4:3).  Cuando se nos habla de recompensas mayormente en los púlpitos, no escuchamos casi nunca, que la recompensa que se nos ofrece es la paz mental de saber que vivimos para Él y que nuestra vida tiene un único propósito: glorificar su nombre.
  5. Ahora, recién voy a mí.- ALTO. Antes de que continúe en la oración pregúntese ¿ya pasé suficiente tiempo doblando mi voluntad, y llenando mi mente y espíritu de la voluntad de Él. Listo entonces continúe (11). Aquí es donde pasamos la mayoría del tiempo, con una lista de necesidades que lo que dejan ver es que quiero a Dios trabajando para mí. Pero, ¿qué entendía un judío con esta frase? El se acordaba de sus ancestros en el desierto y cómo el Señor los sostuvo con maná del cielo.  El pedido no es dame, dame, dame, es más bien, sostenme con lo que necesito para hacer Tú voluntad. Equípame, para caminar en el desierto de este mundo con todo lo que requiero para cumplir el propósito que Tú tienes para mí.
  6. Tengo dos problemas para hacer la voluntad de Dios.- Primero me olvido de lo grande que es Tú amor y Tú perdón, y empiezo a juzgar a otros, y a guardarles rencor, porque no los puedo ver con los ojos de misericordia que Tú me ves a mí. (12).  Necesito recordarme cada vez que oro, que parte de Tú voluntad en mi vida es que muestre la transformación que Tú presencia ha hecho en mí, y es que me cuesta perdonar porque pienso que no me merezco lo que me hicieron, sin acordarme que Tú no te mereces lo que te hago a ti.  Segundo, tengo problemas con el pecado (13). No lo puedo controlar, por tanto, necesito todos los días, entregarte mi voluntad, el control de mi vida, para que seas Tú, el que enfrente la tentación, porque solo así la venceré y seré librado de lo malo.

Es mi esperanza, que después de leer estas reflexiones a usted le pase lo mismo que me está ocurriendo a mí desde que estoy pensando en esto:

  1. Me siento tan mal por lo egoísta que han sido mis oraciones, por el hecho que las he centrado en mí y no en Él y créame que pido perdón por eso.
  2. Voy a empezar una nueva vida de oración, centrada en Él en lugar de en mí y finalmente encaminarme hacia mi objetivo que es “convertirme en un varón perfecto a la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

¿No le parece interesante que ese camino empieza con la oración “hágase tu voluntad”, en lugar de “ayúdame Señor a hacer la mía”?

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