LA TOLERANCIA, SUS PARADOJAS Y SUS LÍMITES

Hola amigos: Quiero esta semana entregarles otro artículo del profesor Stam, que completa las ideas presentadas en el artículo “Los indignados” del mismo autor publicado en esta página el mes de Julio.

LA TOLERANCIA, SUS PARADOJAS Y SUS LÍMITES

Por: Juan Stam

En el viejo Seminario Bíblico, a finales de los años 70, tuvimos confrontaciones muy serias que de hecho terminaron transformando la institución en lo contrario de lo que siempre había sido.[1] Recuerdo bien el comentario de un colega: “Lo más importante es que todos seamos tolerantes”. Paradójicamente, ese compromiso incondicional con “la tolerancia” ha llevado la institución no solo a una metamorfosis en lo contrario de su herencia histórica sino también a una nueva ortodoxia muy poco tolerante hacia los que cuestionamos sus criterios y acciones.[2]

A inicios de la modernidad, el tema de la tolerancia se introdujo como problema de libertad de culto y la relación entre iglesia y estado, codificado en leyes de tolerancia religiosa.[3] La “Carta sobre la tolerancia” de John Locke (1685), documento pionero para este tema, se dedica a una defensa religiosa de la libertad de culto.  Al haberse logrado esa meta en Europa, con el tiempo llegó a concentrarse mayormente en la actitud personal hacia lo diferente, lo desagradable y molestoso, lo desaprobado pero que vestía mayores razones para tolerarlo que para eliminarlo.[4]

Sin duda, la tolerancia es un valor moral y ha traído mucho bien a la humanidad, Pero la tolerancia no está entre los mayores valores, y de hecho no es un bien en sí misma. Los científicos sociales hablan de “la paradoja de la tolerancia” (o las paradojas), cuando uno opta por ser tolerante de la intolerancia. Si ser tolerante del mal es un bien, entonces ser intolerante de un mal es otro mal. Si existen razones para tolerar un mal, no tolerar ese mal sería un mal y tolerar ese mal sería un bien moral. Una persona tolerante estaría lógicamente hostil hacia la intolerancia, o sea, intolerante de la intolerancia.[5]

La tolerancia no significa indiferencia, pasividad o neutralidad. En vez de prohibir otros grupos religiosos, Locke instó a la religión oficial a presentar sus razones y defender su fe en el debate abierto. La tolerancia no debe resentir la crítica ni defenderse por desacreditar al otro. De hecho, eludir el debate es una forma de intolerancia, que invisibiliza al otro. Para Locke, la tolerancia debe fomentar un debate serio entre las religiones y las teologías, ya que la fe no puede imponerse por mandato sino solo por convicción. Puesto que “la fe no es fe si no se cree”, y que es imposible creer sin querer (credere non potest nisi volens), la misma tolerancia exige un debate abierto y franco sobre la fe.[6]

Pertenece a la paradoja de la tolerancia que ésta siempre tiene sus límites; alguien absolutamente tolerante sería una especie de vacío ambulante sin personalidad propia. La feminista más progresista siente una natural intolerancia hacia los machistas, y éstos otro tanto hacia las y los feministas. El liberal más izquierdista repudia, por lo menos mentalmente, al conservador reaccionario, y éste desprecia al liberal como comunista o populista o utópico. Así las cosas, la tolerancia se define por lo intolerable.

Para mencionar de nuevo a Locke; las normas de la tolerancia no son obvias sino establecidas por la sociedad y por el grupo de poder social. La tolerancia misma no puede definir sus propios límites. Normalmente en una misma sociedad, y hasta un mismo sector de la misma, no hay unanimidad en cuanto a los parámetros de lo tolerable y el punto donde comienza lo intolerable. De nuevo, por eso es indispensable un diálogo sobre las normas y límites de la tolerancia para cada grupo social.

La tolerancia y la convicción:

Como vimos anteriormente, la tolerancia no es lo mismo que la indiferencia que engendra una flojera de opiniones medio asimiladas en el ser y la conducta de las personas. Aunque no es fácil, debemos cultivar una espiritualidad y una teología de firmes convicciones, refinadas por los fuegos de la duda y el cuestionamiento, por las que daríamos la vida misma  Son verdades de las que estamos convencidos y no son negociables.

La tolerancia y la indignación moral.

En estos tiempos ha surgido la categoría ético-política de la indignación.[7]  En muchas situaciones la fuerza ética de la indignación exige acciones que parecen chocar con el valor ético y social de la tolerancia. La tolerancia es un valor relativo, con sus legítimas excepciones, y cuando la indignación es justificada, ésta merece primacía. Una tolerancia blanda y pasiva no debe apagar los fuegos del compromiso con la verdad y la justicia.

La tolerancia y la protesta, la denuncia y la resistencia

El compromiso con la tolerancia no debe disminuir en nada la tarea profética de la iglesia en su misión de denuncia del pecado y anuncio de esperanza y buenas nuevas. Habrá ocasiones en que, por muy fuerte que sea la discrepancia, habrá mayores razones para tolerar el mal y hacerle caso omiso. A fin de cuentas, sólo el Espíritu divino nos puede guiar para saber si debemos denunciar y resistir o no, y en caso de denunciar, cómo hacerlo. Casi siempre la denuncia, con nombres y apellidos, va a ofender a los afectados, pero a veces eso también es necesario, aun (en casos muy contados) hasta el empleo responsable de la ironía, el sarcasmo y la hipérbole, en la lucha por la justicia y la verdad.

¿Era Jesús tolerante? ¿Y los profetas, Juan el Bautista y Pablo?[8]

Con “los de abajo”, publicanos y pecadores y marginados, adúlteros/as y hasta rameras, Jesús fue sumamente tierno y compasivo, y en ese sentido podríamos llamarlo “tolerante”, aunque sin alcahuetear nunca el pecado. Pero con los fariseos y saduceos y escribas y con los ricos en general, Jesús fue sumamente severo y nada “tolerante”. En eso consistía su opción por los pobres y los pecadores. En sus intercambios con los poderosos empleó un lenguaje espantosamente agresivo, que para ellos mismos tenía que caer como muy insultante.[9] Lo mismo tiene que decirse de los profetas hebreos, Juan el Bautista y su “tocayo”, el discípulo amado (2 Jn 10-11) y del apóstol Pablo:

Es importante observar que en el sentido bíblico de “amar”, Jesús amaba a los que denunciaba, no menos que a todos los demás, pero su amor tomaba la forma severa de la reprensión.

En casi todos estos casos se trata de denuncias públicas de asuntos públicos, no de problemas interpersonales (Mt 5:23-26; 18:15-22). En estos casos de denuncia, no aparecen informes de haber buscado a los denunciados antes para buscar reconciliación ni después de pedir perdón por haberlos ofendido. Tal es la naturaleza de la denuncia profética.

Conclusión: La tolerancia es un valor importante pero relativo, con sus límites. La tolerancia se aplica a problemas que se consideran malos pero se cree que hay mayores razones de no confrontarlo. Pero si la situación es la inversa, es deber ético oponerse de alguna manera, porque el silencio es complicidad.

Como orientación práctica, nada mejor que el clásico lema, In necessariis unitas, in non necessarriis libertas, in omnibus caritas” (“En lo necesario unidad; en lo no necesario libertad; en todo caridad”).[10] Pero quedan dos problemas sumamente difíciles: ¿Cuáles son las cosas necesarias, quién las define y cómo? y segundo, ¿por cuáles medios y métodos se debe mantener la unidad en lo esencial? Al fin de cuentas, sólo el Espíritu Santo de Dios nos podrá guiar.

Notas:

1] Por eso, encuentro muy extraño y nada convincente que la UBL pretenda apelar a sus “noventa años de ministerio fiel”. ¿Fiel a qué? Al “fundamentalismo moderado” de los fundadores del Seminario han sido, con derecho o sin derecho, tan infieles que si esos beneméritos fundadores (doña Susana y don Enrique Strachan, su hijo Kenneth, don Rogelio Archilla, don Horacio Fenton y don Wilton Nelson entre otros) pudieran volver y pasar una semana en la UBL, sin duda volverían a morir, pero ahora de tristeza y dolor. Ni uno de ellos estaría de acuerdo con el rumbo que ha escogido la UBL. Pero también han traicionado el proyecto “evangélico radical” al que dedicamos dos décadas de lucha ardua, con resultados muy positivos. Entre el “Seminario Bíblico” y la actual UBL no existe ninguna continuidad significativa sino una antítesis fundamental.

[2] Baso este juicio en algunas declaraciones de personal de la UBL como también en las acciones y decisiones de la institución, además de los informes de muchos alumnos/as, a través de muchos años, que me han buscado para compartir sus preocupaciones e inconformidades por lo que estaba pasando en ella.

[3] En Francia el “edicto de Tolerancia” de 1786 autorizó la construcción de lugares de culto protestante con la condición de que su campanario sea menos alto que el de las iglesias católicas (Forst, Rainer, “Toleration”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, http://plato.stanford.edu/archives/sum2012/entries/toleration/).

[4] En este tema se destaca el elemento de poder: los fuertes toleran a los débiles en vez de prohibirlos o aplastarlos.

[5] Karl Popper, The Open Society and Its Enemies, Vol. 1, Notes to the Chapters: Ch. 7, Note 4; John Rawls, A Theory of Justice, Harvard University Press, 1971, p. 216.ttp://plato.stanford.edu/archives/sum2012/entries/toleration/

[6] En términos sicológicos, el suprimir el debate en nombre de la tolerancia conduce fácilmente a la violencia y la puñalada por la espalda.

[7] Véase “Bienaventurados los indignados” en www.juanstam.com, 5 de marzo de 2012.

[8] Esta pregunta encierra, por supuesto, un serio anacronismo, ya que la ideología moderna de la tolerancia y la libertad religiosa no existía en los tiempos bíblicos. Por otra parte, esos conceptos hoy día han absorbido mucho del individualismo moderno y un falso concepto pasivo de “la tolerancia”. A pesar de esas diferencias históricas, el ejemplo de Jesús debe guiarnos en este tema también.

[9] Véase “¿Fue Jesús siempre amable?”, www.juanstam.com 28 dic 2010.

[10] Esta fórmula, que se atribuye equivocadamente a San Agustín, aparece primero en dos autores del siglo XVII, Marco Antonio de Dominis, en De republica ecclesiastica libri X (London, 1617) y Rupertus Meldenius en su Paraenesis votiva pro pace ecclesiae ad theologos Augustanae” (1626). Con las dos primeras frases se entendía “necesario para la salvación”. Después la segunda se cambió a “in dubiis“, especialmente en círculos católicos. La fórmula es el lema de la Iglesia Morava y fue citado por el papa Juan XXIII en su encíclica Ad Petri Cathedram

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