LAS TENTACIONES DE JESÚS

Fue el teólogo alemán Karl Bultmann quien dijo que en lo que corresponde a la Biblia, “había que desmitificar el texto”, y es que nosotros tendemos a leer la vida de Jesús, como algo épico, donde Él es esta especie de superhéroe que está por encima de las cosas que suceden a su alrededor, y todas sus luchas son de carácter espiritual y no tienen casi nada que ver con su humanidad.

Así es como interpretamos las tentaciones de Jesús (Lc. 4:1 al 13), olvidándonos que lo que el diablo estaba haciendo, es tentar a Cristo precisamente con la tarea que Dios le había encomendado.

Según el Salmo 2:6 al 8, el Mesías vendría para ser rey, y lo que el diablo le está ofreciendo son los tres poderes más importantes que tiene el mundo, y que en ese momento de la historia no estaban en poder del pueblo que Él venia a rescatar, o era mantenido por personas que no estaban haciendo la voluntad de su Padre.

Esto es lo que se le ofreció:

1.-   Poder económico (2 al 4).- No se trataba, de ofrecerle a un hombre hambriento comida, ya que, uno no rompe un ayuno con pan duro y grandes rebanadas que saldrían de las piedras. Lo que se trata es de decirle, “todo rey tiene poder económico, demuéstrale a tus seguidores que puedes darle un banquete y te seguirán”. “Alimenta a las multitudes y serás rey”.

2.-   Poder político (5 al 8).- El obtener este poder tenía un costo que continúa hasta ahora: como convertimos en un verdadero ídolo digno de adoración al poder, una vez que estamos ahí.

No sé si el costo incluía tener una especie de culto de adoración satánico, lo que si se, es que la tentación de ostentar el poder político, produce un deseo muy fuerte para la persona a la que le es ofrecido, que muchas veces parece que seres humanos para obtenerlo y mantenerlo literalmente “le venden el alma al diablo”.

3.-   Poder religioso (9 al 11).- Lo lleva al pináculo del templo, para que vea el tercer poder que necesita para convertirse en el único e indisputable “rey de los judíos”. Un poder religioso que servía al opresor romano, y que con facilidad podía consolidar el poder para Jesús.

Aquí estaba la posibilidad de derrotar completamente a aquellos que combatió durante toda su vida (fariseos, saduceos y maestros de la ley) haciéndolos sus vasallos.

Cuando uno lo ve de esta manera, no puede menos que sorprenderse de lo extraordinario de la tentación, ya que, usa el propósito de vida de Jesús, profetizado en el Antiguo Testamento, y se lo ofrece en bandeja de plata, por un atajo excelente que dejaría a Roma sin el poder político y económico y a los lideres judíos del poder religioso de un solo plumazo.

Más adelante en su vida, Jesús se encuentra con otra tentación extremadamente difícil: la de no morir (Lc. 22: 39 al 46), y su batalla es tan fuerte que empieza a sudar sangre, lo que nos demuestra como tuvo que luchar con todo esto durante todo su ministerio.

Ante todas estas posibilidades, Jesús escoge la cruz. Escoge el escarnio, la ignominia, la humillación total. No tiene sentido. ¿Cuánto bien hubiera hecho Jesús con estos tres poderes en sus manos? ¿Cómo estaríamos de bien bajo su gobierno mundial?

Espere, pensémoslo mejor. Hubiera sido un gobierno del Jesús que conocemos o de un Jesús embebido por el poder, con buenas intenciones, pero que sucumbe ante el poder idolátrico más difícil de vencer: MI ORGULLO.

Al Jesús ir a la cruz, pone las cosas en orden: se niega a si mismo porque en su corazón solo hay espacio para un Dios y el poder está en servirlo a Él y a nadie más.

Al ir a la cruz nos deja ver lo temporal de estos poderes, y como el ostentarlos egoisticamente, nos lleva a la perdición y a la venta de lo más preciado: nuestra alma.

No estoy diciendo que los creyentes no debemos meternos en política, o tener una actividad económica, lo que digo es que al hacerlo hay que seguir el ejemplo de Jesús y sus mandamientos que para estos casos son muy claros:

Jesús les dijo: –Los reyes de las naciones oprimen a sus súbditos, y los que ejercen autoridad sobre ellos se llaman a sí mismos benefactores.  No sea así entre ustedes. Al contrario, el mayor debe comportarse como el menor, y el que manda como el que sirve. (Lc. 22: 25 y 26)

Dirigiéndose a todos, declaró: –Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga (Lc. 9:23). PermÍtame pedirle que lea este verso de nuevo, porque lo más importante no es la llevada de la cruz, sino el primer paso que es negarse a usted mismo.

Creo yo que es claro: yo no puedo servir a dos señores, para seguir a Jesús debo negarme a mí mismo como Él lo hizo, y debo amar y servir a mi prójimo, no gobernarlo.

No puedo pasarme pidiendo cosas para mí: dinero, poder, no enfermarme, no morir, no sufrir, porque esas fueron las tentaciones contra las que Jesús luchó y contra las que se negó a sucumbir. Lo que debo pedir es como aprender a vivir más para Su Reino y no como ser rey de mi pequeño mundo.

Jesús se convirtió en Rey de Reyes y Señor de Señores y nos enseñó el camino hacia Él, dejemos de buscar que Él nos sirva y encontremos el camino hacia la libertad, que paradójicamente no está en los poderes de este mundo, sino en negarme a mí mismo y permitir que “Cristo viva en mí” (Gal. 2:20).

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