LOS INDIGNADOS

Hola a todos: Después de haber comentado por tres semanas como nos debe caracterizar el amor, me parece importantísimo que entendamos lo que debemos “odiar”, y me encanto este artículo que reproduzco para ustedes sobre el tema.

Andrés

Publicado por: Juan stam

¡Bienaventurados los indignados!

¡a veces el pecado no es enojarse,

sino no enojarse!

 

Hace unas semanas recibí un correo que expresa una actitud típica de muchas iglesias:

 

Hermano, nosotros en México tendremos elecciones, queremos un cambio, pero muchos cristianos no entienden esto.  La iglesia institucional no participa en las cuestiones sociales.  ¿Oponerse a que las cosas sigan igual, es oponerse a Dios?  Nos dicen que Dios es el que pone las autoridades y hay que dejarlo así.  ¿Como entender esto?

 

La consigna parece ser: “Bienaventurados los conformes y sumisos, porque ellos no tendrán problemas”.  En muchas iglesias priva la cultura de la sumisión ciega, sin permitir el necesario discernimiento crítico. Es la cultura del “Amén automático”, irreflexivo y acrítico.  A menudo el decir Amén es algo así como roncar, porque ambos se hacen estando dormidos y sin pensar. Por eso a veces alguien puede soltar su “Amén” antes de que el predicador o la predicadora hayan terminado la oración o expresado su idea. No importa lo que haya dicho, diré Amén, y cuánto más fuerte, mejor.[1]

 

Comentemos primero la pregunta específica: ¿Pone Dios a los gobernantes y es pecado oponerse a ellos? Pues, ¡jamás de los jamases! Ni en la sociedad ni en la iglesia. Dios por su providencia y gracia ha establecido el orden en la sociedad y ha puesto al gobierno para castigar a los injustos y defender a los justos (Rom 13:3-4), pero cuando un gobierno hace lo contrario, cuando protege a los injustos y persigue a los justos, como hacía el imperio romano en tiempos de Juan de Patmos, ese gobierno no lo puso Dios sino el diablo (Ap 13:2-4). En Israel, la tarea mayor de los profetas fue la de criticar al gobierno. De Micaías, un profeta ejemplar, el rey Acab se quejó que “me cae muy mal porque nunca me profetiza nada bueno” (1R 22:8). A eso respondió Micaías, “Vive Yahvéh, que lo que Yahvéh me hablare, eso diré” (22:14), por mucho que eso ofenda al rey.

 

A menudo se manipulan algunos textos para evitar la responsabilidad. Recuerdo que en Nicaragua, bajo la dictadura somocista, los amigos del régimen apelaban a Romanos 13 para afirmar que Dios puso a Somoza y había que obedecerlo. Pero qué curioso, con el triunfo Sandinista ellos se olvidaron de ese texto y su versículo favorito ya era Hechos 5:29: “Es necesario obedecer a Dios [que puso a Somoza] y no a los hombres [el nuevo gobierno]”. ¿Cómo explicar que Dios puso a Somoza pero no a los Sandinistas? Era una manipulación obvia de la fe y de la Biblia.

 

Históricamente, la religión ha sido una espada de dos filos. Con demasiada frecuencia ha sido una instancia legitimadora del sistema. A eso corresponden los profetas del palacio, que siempre dicen lo que el rey quiere escuchar. Pero la religión puede ser también transformadora, como muchas veces en la historia ha sido. En esa ambivalencia, la religión suele ser opio, como bien observó Marx, pero puede ser también una poderosa levadura de procesos históricos de liberación y transformación. Si Marx hubiera conocido a Camilo Torres, Oscar Arnulfo Romero, Dietrich Bonhoeffer y Martin Luther King, hubiera reformulado su frase: “La religión suele ser opio, pero también puede ser una poderosa levadura de cambio”.

 

Una peligrosa arma de la religión paralizadora consiste en entender el amor como pasividad. Entendido bíblicamente, el amor no es principalmente un sentimiento sino un compromiso radical con el bien del otro y de todos (cf. Prv 25:21), lo que Camilo Torres llamaba “amor eficaz”. Por eso Cristo nos ordena amar a nuestros enemigos, aunque nos caigan insoportablemente mal. Significa desear el mayor bien de ellos y responder a ellos en la forma que mejor corresponde para su mayor bien.[2]

 

Jesucristo, el indignado: Esto lo ejemplificó Jesús en toda su vida. Sin duda él amaba a los fariseos y saduceos, pero no fue “amable” (en el sentido moderno burgués) con ellos. De hecho, los insultaba una y otra vez.  Según el cuarto evangelio dijo a los judíos, “Ustedes son hijos de su padre el diablo” (Jn 8:31,44); son “generación de víboras” y convierten la gente en “hijos del infierno” (Mt 23:15). Al rey Herodes le llamó “aquella zorra” (Lc 13:32) y a los escribas y fariseos, ¡con cuántos insultos los agredía! En un solo discurso mateano (Mat 23; cf. 6:1-3; cf, Lc 11:39-52), Jesús los tilda de vanidosos y pretenciosos, hipócritas (repetido siete veces, para mayor énfasis), devoradores de casas de viudas, insensatos, necios,  guías ciegos, sepulcros blanqueados, serpientes y generación de víboras. Aun a su discípulo Pedro Cristo lo llamó “Satanás” (Mt 16:23; Mr 8:33; o agente de Satanás, que también era insulto).

 

¡Jesús fue (y es) todo un ejemplo de indignación! Jesús mismos nos llama a unirnos solidariamente con los indignados de nuestro siglo. Lejos de ser un modelo de tranquilo conformismo, Jesús nos da un ejemplo de la más radical criticidad, incluso contra las autoridades religiosas y políticas de su nación.

 

Podemos notar aquí también que el Jesús de los evangelios se enojaba ante la injusticia, la falsedad y el pecado. Nunca se enojó por interés propio, por lo que le afectaba en lo personal. Ante el juicio totalmente injusto con que lo condenaron, no abrió su boca. Pero cuando sanó a un enfermo y los fariseos, indiferentes al sufrimiento humano, se dedicaban a ponerle trampas legalistas, vemos a Jesús “mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones” (Mr 3:5). Y a los mismos discípulos, cuando impedían a los niños venir a él, “se indignó” (Gr aganaktew, enojarse). A veces el pecado no consiste en enojarse sino precisamente en lo contrario, en no enojarse. Un Jesús incapaz de enojarse ante la injusticia no sería nada convincente, ni sería Hijo de Dios.

 

Hay una paradoja muy significativa en las relaciones humanas de Jesús. Se pronunció a favor de los pobres (“Bienaventurados ustedes los pobres”) pero era hostil contra los ricos (“Ay de ustedes ricos”, Lc 6:20,24; cf. Mt 19:23-26; Mr 12:41; Lc 16:19; 18:23; 19:8-9).[3] Para “los de abajo” (publicanos, adúlteras, rameras, pobres) Jesús tenía sólo palabras compasivas, de comprensión y perdón, mientras a “los de arriba” (ricos, fariseos, sacerdotes, escribas), cuesta mucho encontrar palabras que no sean severas y, reconozcámoslo, a menudo insultantes. Ni al gran maestro Nicodemo le mostró deferencia alguna. Una paradoja similar marca la figura de Jesús como Príncipe de Paz, pero que no había venido a traer paz a la tierra sino espada (Mt 10:34):

 

Aunque Jesús critica a la iglesia de Éfeso por haber perdido “el primer amor”, en seguida (¡qué paradoja!) les felicita por “aborrecer las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco” (Ap 2:4,6).[4] En efecto les dice, “Ustedes han perdido el primer amor, y por eso son una iglesia caída e infiel, pero por lo menos una cosa buena tienen, que aborrecen…conmigo, como yo aborrezco”. (Nunca dice que aborrece a los nicolaítas mismos, sino a la doctrina y las obras de ellos). El Jesús de las cartas a las siete iglesias, y del Apocalipsis en general, es un Jesús indignado con la indignación de su amor.

 

Tomás Münzer, el reformador anabautista del siglo XVI, denunciaba “la bondad ficticia” de un Cristo dulce, desconociendo al Cristo amargo de los evangelios. El Cristo dulce es el Cristo de la gracia barata, domesticado y aburguesado, un Cristo simpático y complaciente. Esa dulzura sacarina y anodina, inocua e inofensiva, es más bien una negación total del Cristo de los evangelios.

 

¡Dios mismo es el primero de los indignados! Todos sabemos que Dios es amor, pero no de un amor sentimental sino un amor que sabe indignarse. Sorprenden, y poco se toman en cuenta, los muchos textos bíblicos que hablan del odio y el enojo de Dios y que nos mandan a nosotros también “odiar como Dios y con Dios”. Veamos una breve síntesis:

 

(1) Dios ama la justicia y por eso odia la injusticia y la corrupción: “Yo, Yahvéh, amo la justicia, pero odio el robo y la iniquidad” (Isa 61:8). “No maquinen el mal contra su prójimo ni sean dados al falso testimonio, porque no aborrezco todo eso, dice Yahvéh” (Zac 8:17). Del rey mesiánico dice, “Tu amas la justicia y odias la maldad” (Sal 45:7; cf. 26:5; 119:163; cf Heb 1:9). “Yahvéh ama a los que odian el mal” (Sal 97:10 NVI; cf. RVR “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal”; cf. Am 5:15; Rom 12:9).

 

¿Dónde está la voz profética de nuestros políticos “cristianos/as” ante tanta injusticia y corrupción en nuestros países hoy? Sólo por las voces nuestras puede hacerse escuchar el odio de Dios contra esas realidades.

 

(2) Dios ama la paz y odia la violencia. Prv 6:16-19 da un registro muy revelador de los odios de Dios:

 Hay seis cosas que Yahvéh aborrece,

y siete que le son detestables [odiosas],

Los ojos que se enaltecen,

la lengua que miente [falsedad],

las manos que derraman sangre inocente [violencia],

el corazón que hace planes perversos [corrupción, injusticia]

los pies que corren a hacer lo malo,

el falso testigo que esparce mentiras [falsedad, injusticia]

y el que siembra discordia entre hermanos.

 

“Yahvéh examina a justos y a malvados, y aborrece a los que aman la violencia” (Sal 11:5). “Tu has pecado derramando sangre, pues la sangre te perseguirá” (Ezq 35:6 BJ). Dios abomina los que entran en su presencia con manos llenas de sangre (Isa 1:15). En el Apocalipsis, el caballo rojo simboliza la violencia, la guerra y el derramamiento de sangre (6:3-4). La gran ramera está ebria con la sangre de los santos (17:6). Según la explicación angelical de las segunda y tercera copas de ira, los que derraman sangre no tienen derecho de beber agua (16:6). ¡Si les gusta tanto la sangre, que beban sangre! Según Ap 18:24, Dios vengará toda la sangre derramada en la tierra.

 

Qué raro, pero muy, muy extraño, que tantos “cristianos” y “cristianas” hoy, en vez de odiar la violencia y la guerra, son los más enamorados de ellas.

 

(3) Dios ama la verdad y odia la falsedad (Prv 6:17,29 citado arriba). “El justo aborrece la mentira” (Prv 13:5). “Aborrezco y repudio la falsedad, pero amo tu ley”, canta el salmista (Sal 119:163). Satanás es por naturaleza un mentiroso y engaña a las naciones. La segunda bestia de Ap 13 es la cara buena del sistema, como “Ministro de Propaganda y Relaciones Públicas” de la primera bestia.  En Ap 16 la guerra de Armagedón es convocada por los sapos diabólicos que van a todos los palacios del mundo para convencer a los reyes que hace falta una guerra de agresión, y ellos creen esa propaganda militar de puras mentiras, como siempre (Ap 16:13-14).

 

Si amamos la verdad y aborrecemos la mentira, tenderemos mucho cuidado con toda la propaganda que nos traen los medios de comunicación. Tendremos el “sospechómetro” en su máximo nivel. Al prender el televisor, veremos los muchos sapos de engaño que se arrastran por la pantalla.

 

(4) Dios odia, con un odio especial, la falsa espiritualidad. Cuando el pueblo es infiel, y vive en la injusticia, la violencia y la mentira, hacen aun peor cuando pretenden adorar a Dios (como pensar, “por lo menos una cosa buena tenemos, que somos religiosos”). Su falsa espiritualidad no compensa por sus pecados, sino constituye la peor de sus ofensas:

 

¡Oigan la palabra de Yahvéh, gobernantes de Sodoma [Israel]!

¡Escuchen la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorrah [Israel]!

¿De qué me sirven sus muchos sacrificios? — dice Yahvéh–

Harto estoy de holocaustos de carneros

y de la grasa de animales engordados…

¿Por qué vienen a presentarse ante mí?

Quien les mandó traer animales para que pisotearan mis atrios?

No me sigan trayendo vanas ofrendas;

el incienso es para mí una abominación…

No soporto que con su adoración me ofendan…

Cuando levantan sus manos, yo aparto de ustedes mis ojos,

aunque multipliquen sus oraciones, no las escucharé,

pues tienen las manos llenas de sangre.

(Isa 1:10-15)

 

Yo aborrezco sus fiestas religiosas,

no me agradan sus cultos solemnes…

Aleja de mí el bullicio de tus canciones;

no quiero oír la música de tus cítaras.

Pero que fluya el derecho como las aguas,

y la justicia como arroyo inagotable.

(Amós 5:21-24)

 

Conclusión: Podemos afirmar, muy paradójicamente, que uno de los grandes defectos de la iglesia de hoy es que no sabe odiar. No sabemos aborrecer con Jesús lo que él aborrece, no sabemos odiar con Dios como él odia. Dios es amor, pero amor que odia, y hasta odia al odio. El amor odia con un odio santo. El odio contra la injusticia, la violencia y la falsedad es de hecho el amor en acción frente al desamor y la maldad. Lo contrario del amor no es la indignación sino la indiferencia:

 Sólo le pido a Dios

Que el dolor no me sea indiferente,

Que la reseca muerte no me encuentre

Vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios

Que lo injusto no me sea indiferente,

Que no me abofetean la otra mejilla

después que una garra me arañó esta suerte.

Sólo le pido a Dios

Que la guerra no me sea indiferente,

es un monstruo grande y pisa fuerte

toda la pobre inocencia de la gente.

Este odio de Dios es la ternura de su compasión ante tanta injusticia; es un odio que llora (cf Mr 3:5). La canción de Julio Jaramillo lo expresa bien:

 

Yo vi llorar a Dios

Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré
ahora que estoy despierto, aún me parece cierto,
yo quiero contarle al mundo lo que soñé
ahora que estoy despierto, aún me parece cierto,
yo quiero contarle al mundo lo que soñé.

Yo vi llorar a Dios y al preguntar por qué lloraba
me contestó el Señor que por nosotros se apenaba
por qué ya no seguimos sus santos mandamientos
y nuestros pensamientos se alejan de su amor.

Me habló con triste voz de tanto niño abandonado
de la miseria cruel que tanto pueblo ha destrozado
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios.

Yo vi llorar a Dios y al preguntar por qué lloraba
me contestó el Señor que por nosotros se apenaba
por qué ya no seguimos sus santos mandamientos
y nuestros pensamientos se alejan de su amor.

Me habló con triste voz de tanto niño abandonado
de la miseria cruel que tanto pueblo ha destrozado
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios
por qué si le queremos y le necesitamos
por qué no terminamos de hacer llorar a Dios.

Eduardo Galeano, en un reciente escrito, afirmó que hay dos clases de personas, “los indignados” y por otra parte “los indignos”. Ser neutral o pasivo ante la maldad es renunciar a su propia dignidad como ser humano. Para Gandhi, “Lo más atroz de las cosas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. “No me duelen los actos de la gente mala”, declaró Martin Luther King, “me duele la indiferencia de la gente buena”. Ese silencio, según King, va minando la misma humanidad de los indiferentes: “nuestra vida comienza a terminar en el momento cuando nos callamos sobre asuntos importantes”. También dijo que “no hay nada en el mundo más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”.

 

A través de la historia esa clase de “amor eficaz” y su converso, la ira santa y justiciera, ha sido la motivación que ha impulsado los grandes héroes de la libertad. Moisés, viviendo en el palacio, amaba a su pueblo y odiaba la opresión. Los profetas hebreos amaban apasionadamente la justicia y odiaban la corrupción y la maldad en su propio pueblo. Simón Bolívar y José Martí odiaban el colonialismo, Abraham Lincoln y José Simeón Cañas odiaban la esclavitud, Dietrich Bonhoeffer odiaba el nazismo; Martin Luther King odiaba el racismo. Todos ellos pertenecían a a la compañía noble de los indignados. ¿Cuales son los “santos odios” que deben inspirarnos a nosotros hoy? Igual que los cristianos de Éfeso, tenemos que aprender a odiar con Cristo las cosas que él aborrece:

Ya queda claro:

¡Dios mismo es un indignado,

y Jesucristo también!

 ¡Qué importante saber enojarnos!

 ¡Ay de mí si me quedo indiferente!

 Bienaventurados los indignados,

porque ellos buscan el reino de Dios,

que se haga la voluntad de Dios

en estas tierras nuestras.

¡Unidos para una fe más militante!

 

 


[1] Ver el final de Tomo I de mi comentario al Apocalipsis, “Cómo decir Amén cristianamente”/

[2] Algunos párrafos que siguen son adaptados de mi artículo, “¿Era Jesús siempre amable?”,  www.juanstam.com  (12.28.2010).

[3] Cf. ” Jesús y las riquezas”, ibid. 11.24.2011.

[4] Esa aborrecible desviación, que parece haber consistido en una mezcla de fe en Cristo con el culto al emperador, se había presentado también en Pérgamo y Tiatira, y Jesus amenaza venir con su espada para pelear contra ellos

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