LA IDOLATRIA

Cuando yo recién me convertí, allá por el año 90 lo único que quería era tiempo para leer mi Biblia. Mientras lo hacía, decidí, usar una pluma y  una especie de directorio telefónico, donde ponía por tópico los temas que me interesaban.

Cuando terminé, me sorprendió ver cuántos versos tenía en amor que era el tema número 1, referencias sobre el dinero era el tema # 2 y la cantidad de anotaciones que había puesto sobre un tercer tema: la idolatría.

Descubrí que el pueblo israelita pasó por etapas largas de idolatría y alejamiento de Dios, y que todos ellos terminaban en ajusticiamiento de Dios por este pecado.

Leí la gran advertencia de Éxodo 20: ” No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás” (4 y 5).

Recuerdo haber pensado mientras meditaba en estas advertencias, ¿por qué para Dios esto era tan importante? ¿por qué era tan malo esto?, después de haber pasado tantos años creyendo que era lo mismo que tener la foto de un familiar en la billetera.

Claro, entendí que Dios no quiere sustitutos, y que solo debemos confiar en Él, pero no fue hasta años después leyendo un libro de Philip Yancey cuando finalmente comprendí.” La idolatría tiende a producir dos resultados contradictorios: la magia y la trivialidad”. (1)

Magia porque debo mantener felices a estos “dioses” para que no nos pase nada malo, incluso para que me traigan una petición especial como esa de poner a San Antonio de cabeza para que nos traiga pareja. Incluso se puede llegar a tener algunos para causar daño a otros, y los más devotos podrán incluso dedicarse a hacer feliz al “dios” para esperar sus “bendiciones “que siempre están en el plano de lo físico: salud, dinero, amor, etc.

En los pueblos orientales, vemos como se pone a ciudades bajo la protección de dioses como a Kali la diosa asesina que patrona la ciudad de Calcuta. Pase a los pueblos de centro América y verá lo mismo pero con nombres “bíblicos” en lo que se denomina santería.

La segunda es también muy común. Todos nos hemos montado en un taxi donde el conductor tiene una imagen que sirve para cuidarlo. El hombre no temerá en insultar a cuanto ser humano se le cruce o haga una mala maniobra, mientras las silentes imágenes lo protegen de cualquier mal. Aquí los ídolos se convierten en una fuente ilusoria de poder, algo en que poner nuestra fe y esperanza.

Aquí es donde nos damos cuenta del problema y la razón de la prohibición: Dios es el todo en el universo, no un amuleto de buena suerte o un protector al que debemos darle algo para que este feliz, como diciendo “mírame como te adoro, así que no permitas que algo me pase o hagas algo contra mí”.

Posiblemente el pasaje más contundente contra este proceder está en Isaías 44:” Los que fabrican ídolos no valen nada; inútiles son sus obras más preciadas. Para su propia vergüenza, sus propios testigos no ven ni conocen. ¿Quién modela un dios o funde un ídolo, que no le sirve para nada?  Todos sus devotos quedarán avergonzados; ¡simples *mortales son los artesanos! Que todos se reúnan y comparezcan; ¡aterrados y avergonzados quedarán todos ellos! El herrero toma una herramienta, y con ella trabaja sobre las brasas; con martillo modela un ídolo, con la fuerza de su brazo lo forja. Siente hambre, y pierde las fuerzas; no bebe agua, y desfallece.  El carpintero mide con un cordel, hace un boceto con un estilete, lo trabaja con el escoplo y lo traza con el compás. Le da forma *humana; le imprime la belleza de un ser humano, para que habite en un santuario.  Derriba los cedros, y escoge un ciprés o un roble, y lo deja crecer entre los árboles del bosque; o planta un pino, que la lluvia hace crecer. Al hombre le sirve de combustible, y toma una parte para calentarse; enciende un fuego y hornea pan. Pero también labra un dios y lo adora; hace un ídolo y se postra ante él. La mitad de la madera la quema en el fuego, sobre esa mitad prepara su comida; asa la carne y se sacia. También se calienta y dice: “¡Ah! Ya voy entrando en calor, mientras contemplo las llamas.” Con el resto hace un dios, su ídolo; se postra ante él y lo adora. Y suplicante le dice: “Sálvame, pues tú eres mi dios.” No saben nada, no entienden nada; sus ojos están velados, y no ven; su *mente está cerrada, y no entienden. Les falta *conocimiento y entendimiento; no se ponen a pensar ni a decir: “Usé la mitad para combustible; incluso horneé pan sobre las brasas, asé carne y la comí. ¿Y haré algo abominable con lo que queda? ¿Me postraré ante un pedazo de madera?” Se alimentan de cenizas, se dejan engañar por su iluso *corazón, no pueden salvarse a sí mismos, ni decir: “¡Lo que tengo en mi diestra es una mentira!”(9 al 20).

El mundo moderno ha modificado  las imágenes por otras cosas que reemplazan a Dios convirtiéndose también en idolatría: el dinero, el poder, el disfrutar de los placeres de la vida. Todo lo que nos tienta y nos aleja de Dios actúa como un ídolo.

Incluso el mundo evangélico está creando sus propios ídolos que son estos predicadores con una “unción” especial. Han llegado a tanto que algunos de sus seguidores oran no por ser como Cristo sino como el líder  de ese movimiento. También caemos en hablar del dios “bendición” ya que lo que deseamos no es una relación con Cristo sino la bendición material o física que nos ofrecen.

La vida misma puede estar llena de distracciones que hace de ella misma  una idolatría: el carro que se daña, la boda de un amigo, el viaje por hacer, etc. Todo esto va sumando y consiguiendo días enteros en que todo hago menos pensar en Dios y mi relación con Él.

Y aquí viene la pregunta importante: Como actuaría si pensara que Dios está realmente vivo? Porque perdóneme pero si yo pensara que Dios está realmente vivo estaría haciendo lo que hoy hago? Me preocuparía tanto de lo que hoy consume mi vida? Estaría contento con dedicarle dos horas a la semana cuando voy al culto? Estaría bien dedicarle tan poco cuantitativa y cualitativamente, de mi vida?.

El responder sinceramente a  esta pregunta será la diferencia entre una vida dedicada a los ídolos o al único Dios viviente.

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