La evolución como mitología (4): El mito de la macroevolución

Hugh Henry, Daniel J. Dyke y Charles Cruze

 

El último artículo discutía las características de mito de la abiogénesis, un componente clave de la teoría de la evolución, que dice que los organismos vivos aparecieron espontáneamente de la materia no viva. Este artículo trata la evolución misma, que está separada en dos categorías:

Microevolución (s): La evolución que resulta de variaciones genéticas relativamente pequeñas que a menudo generan la formación de nuevas subespecies.

Macroevolución (n): Evolución a gran escala que ocurre a lo largo del tiempo geológico que resulta en la formación de nuevos grupos taxonómicos.

La teoría neodarwiniana de la evolución supone que las formas de vida avanzaron por un árbol de la vida desde un ancestro común mediante mutaciones genética aleatorias. Supone que las formas de vida microevolucionaron hacia variaciones similares de ellas (como las diferentes especies del pinzón) a través de una sucesión de cambios simples y, finalmente, las criaturas disímiles macroevolucionaron (como un pez en un anfibio y un mamífero terrestre en una ballena) a lo largo de las eras geológicas.

Estas categorías están separadas porque hay poco debate acerca de la microevolución, aun al punto de la formación de nuevas especies. Charles Darwin observó esto en los pinzones de las islas Galápagos, y ha sido aparente por siglos en la cría de plantas y de animales. Aun creacionistas de la tierra joven como Jonathan Sarfati, de Answers in Génesis acepta la microevolución (generalmente llamada con otro nombre) para explicar una explosión de formas de vida entre el diluvio de Noé y Abraham. (1)

Pero existe un problema con la macroevolución. El biólogo Sean Carroll afirma: “Un tema de larga data en la biología evolucionista es si los procesos observables en poblaciones y especies existentes (microevolución) son suficientes para dar cuenta de cambios a gran escala evidentes en períodos más largos de la historia de la vida (macroevolución)”. (2)

La verdad simple es que no hay ninguna evidencia sólida de la macroevolución; es algo inferido mediante la extrapolación de la microevolución a lo largo de las eras geológicas. Pero esta inferencia es cuestionable.

Aun cuando propuso originalmente este concepto, Julian Huxley observó: “Debe reconocerse que aún no se ha brindado la… evidencia del uso de mutaciones en la evolución bajo condiciones naturales”. (3)

Y lo mismo ocurre hoy. El zoólogo Pierre-P. Grassé afirma: “insistir… que la vida apareció por puro azar y evolucionó de esta forma es una suposición infundada que… no concuerda con los hechos”. (4)

La bióloga Lynn Margulis dice: “No he visto ninguna evidencia de que estos cambios puedan ocurrir mediante la acumulación de mutaciones graduales”. (5)

Scott Gilbert, John Opitz y Rudolf Raff concluyen: “Los cambios microevolucionistas en la frecuencia génica no fueron considerados como capaces de transformar a un reptil en un mamífero o de convertir a un pez en un anfibio… El origen de las especies –el problema de Darwin– sigue sin resolverse”. (6)

El “consenso” es que las mutaciones de genes dañinas en los humanos ocurren una vez cada 105-106 células de esperma o de óvulos en una generación. (7) La tasa de mutación beneficiosa es probablemente mucho menos que el 1% de esta cifra. Aun cuando las mutaciones ocurrieran más frecuentemente en épocas atrás, el neodarwinismo predice una macroevolución lenta, que debería dejar formas de transición en el registro fósil. Pero, en cambio, el registro ilustra el “equilibrio intermitente”: la vida continúa en forma estable durante largos períodos de tiempo interrumpidos por estallidos periódicos de gran actividad por ninguna razón naturalista conocida, seguidos por un retorno a la estabilidad.

El ejemplo más dramático de esto es la explosión del Cámbrico, ocurrida unos 500 millones de años atrás. Antes del período Cámbrico, no había ninguna evidencia de organismo alguno con partes duras, (8) pero durante unos meros 50 millones de años “aparecieron todos los principales filos y divisiones de los organismos que existen hoy, excepto las plantas terrestres”. (9) “Una vez que todos los nichos básicos fueron ocupados, sin embargo, este frenesí de nuevas formas no sólo se detuvo sino que fue recortado”, ya que algunos filos del Cámbrico se extinguieron”. (10)

En vez del patrón neodarwiniano en el que los niveles inferiores de la jerarquía biológica deben surgir antes de los superiores, el patrón del Cámbrico “crea la impresión de que la evolución (animal) ha procedido en términos generales ‘de arriba abajo’”. (11) Según el teórico evolucionista Jeffrey Schwartz, los principales grupos animales “aparecen en el registro fósil como Atenea de la cabeza de Zeus: desarrollados y listos”. (12) Además, la explosión del Cámbrico no es un caso especial, sino más bien ilustra que el “equilibrio intermitente” es la regla, y no la excepción. James Valentine y Douglas Erwin dicen que “la evidencia… sugiere que la [explosión del Cámbrico] no ha sido explicada por ninguna de las teorías actuales… ni la selección de especies microevolucionista ni los rápidos saltos macroevolucionistas satisfacen los datos adecuadamente”. (13)

Hay una escasez tan grande de formas de transición que cada afirmación basada en información fragmentada es recibida con gran fanfarria como evidencia a favor de la evolución. Sin embargo, Stephen Jay Gould confiesa:

“La extrema rareza de las formas de transición en el registro fósil persiste como el secreto profesional de la paleontología. Los árboles evolucionistas que adornan nuestros libros de texto tienen datos sólo en las puntas y los nodos de sus ramas; el resto es inferencia –no importa cuán razonable– y no la evidencia de los fósiles”. (14)

Según James Valentine y Douglas Erwin: “Las secciones de las rocas del Cámbrico que tenemos (y tenemos muchas) son esencialmente tan completas como secciones de duración de tiempo equivalentes de entornos de depósitos similares, [sin embargo] las alianzas de transición son desconocidas o no están confirmadas” para cualquiera de los filos o clases. (15)

El paleontólogo Steven M. Stanley afirma: “A pesar del estudio detallado de los mamíferos del Pleistoceno de Europa, no se conoce un solo ejemplo válido de transición filética (gradual) de un género a otro”. (16)

Como alternativa, si las diferencias de secuencia genéticas entre los principales filos animales se deben a mutaciones acumuladas sostenidamente durante períodos de tiempo largos, debería ser posible usar diferencias de secuencias en las proteínas o el ADN en especies vivas como un “reloj molecular” para estimar cuánto tiempo atrás compartieron un ancestro común. Sin embargo, esta clase de análisis a menudo produce resultados bizarros, como agrupar a los conejos con los primates en vez de los roedores, colocar a los erizos de mar con los cordados y poner a las vacas más cerca de las ballenas que de los caballos. (17) Además, el análisis crítico de este tipo de fechado filogenético revela incertidumbres tan grandes que los resultados carecen prácticamente de significado. (18)

La homología (la similitud no funcional, como las extremidades de cinco dígitos de los anfibios, reptiles, aves y mamíferos) se cita a menudo como evidencia de la macroevolución, pero la investigación genética muestra una falta de correspondencia entre los genes y la estructura de las extremidades. El embriólogo Gavin de Beer se pregunta: “¿Qué mecanismo podría existir que termina produciendo órganos homólogos, los mismos ‘patrones’, a pesar de que no están controlados por los mismos genes?”. (19)

El fracaso del neodarwinismo no es ninguna sorpresa para los matemáticos. Sir Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe han escrito un libro, Why Neo-Darwinism Doesn’t Work [Por qué no funciona el neodarwinismo], sobre el tema. (20)

El biólogo Michael Behe ha brindado verificación experimental empírica de estos cálculos probabilísticos analizando la lucha del hombre contra la malaria, que es un microbio unicelular con una población “muchísimo más vasta que cualquier especie animal o de plantas”, resultando en una tasa de reproducción y de mutación muchísimo mayor. El tiempo relativo para que la malaria desarrolle una resistencia a la atovacuona (una droga que requiere una mutación de un punto) en comparación con la cloroquina (que requiere dos mutaciones) concuerda razonablemente con los cálculos de probabilidades. “En promedio, para que los humanos logren una mutación como ésta al azar, deberíamos esperar (1015 años)” (21), 100.000 veces más que la edad del universo. La resistencia natural del hombre a la malaria es la hemoglobina falciforme, que ha “surgido independientemente no más que unas pocas veces en los últimos 10.000 años, posiblemente una sola vez”, (22) aun cuando requiere sólo una mutación de un punto.

El descubrimiento de los genes reguladores, que pueden “encender” y “apagar” los genes para producir cambios enormes en el fenotipo, presenta un nuevo dilema. El paleontólogo Jack Horner predice que en 50 años “podremos activar interruptores genéticos…  y volver a crear un dinosaurio a partir de un ave”. Pero esto hace que el neodarwinismo sea aún menos plausible. La probabilidad de que formas de vida complejas evolucionen de la materia no viva por azar es insuperable, pero parece aún mas improbable evolucionar también una clase de genes reguladores y el material genético para adaptarse a condiciones ambientales futuras aún no experimentadas. Eso requeriría una super inteligencia, atribuyendo un carácter divino y mitológico a la selección natural. Irónicamente, los creacionistas han sugerido mucho tiempo atrás que los cambios observados en las formas de vida posteriores a Génesis 1 podrían estar basados en material genético sobrante, respondiendo a cambios ambientales, una idea hecha posible ahora por los genes reguladores.

Aun cuando la macroevolución parece improbable mediante la vía tradicional (y los genes reguladores son un fuerte argumento a favor del creacionismo), el carácter mitológico del neodarwinismo sigue manteniéndolo como la teoría dominante. Como dice Behe: “La mayoría de los biólogos trabajan dentro de un marco darwiniano y simplemente suponen lo que no puede demostrarse”. (23) Los evolucionistas llegan a afirmar que los genes reguladores hacen que el neodarwinismo sea más plausible porque el equilibrio intermitente se explica mejor por los genes reguladores, pero esto sólo enfatiza cómo el mito de la macroevolución debe ser protegido con un celo religioso. Este es, en realidad, un argumento a favor de la evolución teísta, porque el resultado más probable de las mutaciones aleatorias en los genes reguladores es una monstruosidad.

El próximo y último artículo resumirá las implicaciones del mito de la evolución y por qué mantiene su aura científica a pesar de la evidencia contraria.

(1) Jonathan Sarfati, Refuting Evolution (Green Forest, AR: Master Books, 1999), 31-46.

(2) Sean B. Carroll, “The Big Picture,” Nature 409 (February 8, 2001): 669.

(3) Julian Huxley, Evolution, the Modern Synthesis (New York and London: Harper Brothers, 1943), 116.

(4) Pierre-P. Grassé, Evolution of Living Organisms, (New York: Academic Press, 1977), 107.

(5) Charles Mann, “Lynn Margulis: Science’s Unruly Earth Mother,”Science 252 (April 19, 1991): 378-381.

(6) Scott F. Gilbert, John M. Opitz, and Rudolf A. Raff, “Resynthesizing Evolutionary and Developmental Biology,” Developmental Biology 173 (1996): 357-72.

(7) E. Peter Volpe and Peter A. Rosenbaum, “Mutation,” capítulo 4 enUnderstanding Evolution, 6th ed. (Boston: McGraw Hill, 2000).

(8) Roger Lewin, Thread of Life: The Smithsonian Looks at Evolution(Washington, D.C.: Smithsonian Books, 1982), 114-5.

(9) Sandra Alters and Brian Alters, Biology: Understanding Life (Hoboken, NJ: John Wiley & Sons, 2006), 289.

(10) David Krogh, Biology: A Guide to the Natural World, 3rd ed, (Upper Saddle River, NJ: Prentice Hall, 2005), 380-1.

(11) James Valentine et al., “The Biological Explosion at the Precambrian-Cambrian Boundary,” Evolutionary Biology 25 (1991): 279-356.

(12) Jonathan Wells, Icons of Evolution, (Washington, D.C.: Regnery, 2002), 41.

(13) James W. Valentine and Douglas H. Erwin, “Interpreting Great Developmental Experiments: The Fossil Record,” Development as an Evolutionary Process, ed. Rudolf Raff and Elizabeth Raff (New York: Alan R. Liss, 1985), 100.

(14) Stephen Jay Gould, “Evolution’s Erratic Pace,” Natural History 86 (May 1987): 14.

(15) James W. Valentine and Douglas H. Erwin, loc cit, (1987), 84-85, 88.

(16) Steven M. Stanley, Macroevolution: Patterns & Process (San Francisco: W. H. Freeman, 1979), 82.

(17) Jonathan Wells, loc cit (2002), 51.

(18) Dan Graur and William Martin, “Reading The Entrails Of Chickens: Molecular Timescales of Evolution and the Illusion of Precision,” TRENDS inGenetics 20 (February 2004): 80-6.

(19) Gavin de Beer, Homology: An Unsolved Problem (London: Oxford University Press, 1971), 16.

(20) Sir Fred Hoyle and Chandra Wickramasinghe, Why Neo-Darwinism Doesn’t Work (Cardiff, Wales: University College Cardiff Press, 1982).

(21) Michael Behe, The Edge of Evolution (New York: Free Press, 2007), 44-63, 61.

(22) Michael Behe, loc cit, (2007), 26.

(23) Michael Behe, loc cit, (2007), p 9.

Traducción: Alejandro Field
Artículo original: Evolution as Mythology, Part 4 (of 5): The Myth of Macroevolution

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